La Meditación y el Amor

La meditación y el Amor, son dos hojas que, bajo un mismo sol y de un mismo árbol que hunde profundamente sus raíces en el Alma, se nutren  también de una misma savia. El Amor, en su expresión más pura, en su sentido más profundo, es más que un sentimiento: Es un ESTADO. Solo se puede sentir  Amor 

si se ESTÁ en Amor. Es un estado de consciencia. El estado de Amor es el retorno al estado de inocencia espiritual: El retorno al Paraíso. Existe este Paraíso en el interior, en la esencia misma de todos y cada uno de nosotros. Es aquello que, más allá del tiempo, siempre fue, es  y será. No es que sea eterno, pues la eternidad sigue siendo tiempo; tiempo sin límite, pero tiempo al fin y al cabo. El Amor, esencia de todas las cosas, es atemporal. Y es que, de siempre se ha dicho, tal vez sin alcanzar a comprender la auténtica dimensión de estas palabras, que: “Dios ES Amor”.

 Por eso, la meditación no es una práctica ni un ejercicio. Es también un estado de consciencia que dimana de la inocencia de espíritu; no algo que se alcanza mediante la aplicación de ciertas técnicas. El estado de meditación es el retorno al estado de inocencia espiritual... El retorno al “Paraíso”. Y este paraíso está en el interior de cada uno de nosotros.

          No, no fuimos echados del paraíso, sino que, perdiendo nuestro estado de inocencia devinimos como extraños en él; ajenos. Se nos advirtió: “Hombre, no disciernas, no dividas, no te posiciones entre el bien y el mal”. Es decir, que no comiéramos del fruto del árbol de la ciencia, del conocimiento del bien y el mal. Asi fue que súbitamente nos sentimos ajenos y extraños en aquel edén. Ahí, y de ese modo, perdimos aquel estado de inocencia. Tanto es así que, al vernos a nosotros mismos con el germen de la dualidad ya en nuestra mente nos sentimos desnudos. Y como entonces, aún ahora, sentimos vergüenza de nuestra desnudez, tanto física como psíquica. Vergüenza de nuestra naturaleza, de aquello que, más allá de lo adquirido o aprendido, simplemente somos. La vergüenza sucede cuando te sientes observado y valorado; juzgado, en suma... aún cuando sea por ti mismo, el más implacable y a la vez corrupto de los jueces posibles. Cuando juzgas, te juzgas a ti mismo, del mismo modo que, al definir, tú ERES DEFINIDO. Tu definición, tu valoración te define y te valora.

          Del mismo modo que separamos y juzgamos como bien o mal, nosotros resultamos posicionados respecto a lo catalogado, valorado, juzgado en suma. Ello nos condiciona inexorablemente, nos somete a la esclavitud de tener que decidir o elegir entre una o varias alternativas. Y no es ello tanto una capacidad, como una necesidad constante, una servidumbre: No somos realmente libres. Tan libres como para permitir que SIMPLEMENTE SUCEDA.

          Ya fue dicho: “No juzgues y no serás juzgado” ... Este no fue “El pecado original” sino EL ORIGEN MISMO DEL PECADO. Y seguimos pecando cada vez que sometemos a norma, cada vez que nuestra mente pretende ordenar y ordenarnos en los referentes de una ética y una moral; de lo establecido. Más, cuando al fin tomas plena consciencia de tu auténtica naturaleza, entonces si eres realmente libre pues, nada, absolutamente nada te afecta ya en tu esencia: ERES INOCENTE. Totalmente inocente y, ya no hay pecado; no hay culpa ni hay castigo. Nada de que ser perdonado ni redimido. No hay ya Karma ni Dharma. Ha sido  fin rota la rueda del Samahara.

          La inocencia que te libera de la visión y apreciación dual de una única e indivisible realidad te hace absolutamente libre. Esa es la auténtica libertad. Por eso fue dicho: “Tenéis que ser como niños” Y también: “HAY DE AQUEL QUE ESCANDALIZARE A UNO SOLO DE ESTOS PEQUEÑUELOS”. Pero, sobre todo y con especial énfasis: “DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN A MÍ, PUES, DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS”

           Si Jesús “El Cristo” vino redimirnos, a liberarnos del peso del “pecado”, a restituir en el hombre el estado de gracia... ¿cual debe ser la naturaleza de este “pecado” que nos hace perder el “estado de gracia” cuando insiste tanto en que, DEBEMOS SER COMO NIÑOS? El “pecado” es la pérdida de la inocencia. Solo recuperando la inocencia recobraremos “EL PARAÍSO PERDIDO”.

          En el interior de cada uno de nosotros mora un niño al que nuestra mente adulta, analítica, conceptualista, ponderadora oprime y subyuga con valores, normas, ética , moral...

          El estado de meditación es el reencuentro y reconciliación con este niño interno al que tanto alude Jesús el “Cristo”.

           En el silencio de nuestra mente tal vez alcancemos a oír la voz de lo que en nosotros, en algún rincón del Alma, aún queda de aquel niño, de aquella inocencia perdida. Pero no debe confundirse inocencia con ignorancia o ingenuidad. Es perfectamente compatible un espíritu inocente con una aguda inteligencia. Es más, la diferencia entre el niño y tú estriba en que tú tienes la posibilidad de ser plenamente consciente de esa inocencia.

          Busca pues en el silencio de la meditación, del estado meditativo, este niño en ti. Con su mirada directa, limpia, que no valora, no juzga, te descubrirá un mundo nuevo. Otra dimensión de la realidad... ¡Y de ti mismo! Todo, aún siendo lo mismo, habrá cambiado radicalmente, pues, el cambio se habrá operado en ti y, tú vivirás todo, -insisto en que aún siendo lo mismo- de modo muy distinto; pues, ahora sabes que nada puede afectarte en tu esencia, en aquello que en ti hay de más puro y genuino, en aquello que realmente ERES, ha SIDO y siempre SERÁ. Y es que, el cambio, el auténtico, cambio solo puede ser interior, personal e intransferible.

          No pretendas cambiar nada fuera de ti, pues, el bien o el mal, el infierno o el paraíso no son algo ajeno: están en ti. Tú mismo eres el artífice y construyes tu paraíso o tu infierno. No culpes ni agradezcas a nadie. Son obra tuya. Por eso fue dicho. “NO IMPORTA LO QUE HAGAS, SINO DESDE DONDE EN TI SURGE LA ACCIÓN... ¡AMA Y HAZ LO QUE QUIERAS!” Porque tus actos estarán “impregnados” de Amor, surgirán y emananarán de tu estado de Amor. Serán actos de amor reflejo fiel de tu “ESTADO DE AMOR”. Solo así podrás alcanzar la paz interior. Podrás vivir entre las normas, la moral y cualesquiera otros convencionalismos sociales... Más, ellos NO VIVIRÁN en ti. Tú estarás en la sociedad, pero, la sociedad no estará en ti. Y no caigas en el error de pretender, ni tan siquiera esperar, que los demás te acepten antes de haberte aceptado tú plenamente a ti mismo. Cuando buscas el reconocimento, la aceptación,  y cuando no, hasta la admiración o el cariño de los demás, generalmente, solo estás tratando de buscar en los otros aquello de lo que tú careces. No busques y ello vendrá a ti por si mismo pues, ya está ahi, solo que  hay que estar receptivo.

          Llenando con material ajeno tu vacío interior, poco a poco estás renunciando a aquello que de más auténtico y puro queda en ti y de ti. Y además de negarte y  crearte apegos y dependencias, no vives tú, sino que vive en ti y por ti aquello que no siendo reflejo de ti mismo; ajeno a fin de cuentas, te has ido llenando. Esto te niega y en ello te niegas en la medida que le das cabida

          . Si no te vives a ti y desde ti mismo, de hecho, has renunciado a vivir; estás ya muerto. Por eso también fue dicho con absoluta rotundidad: “DEJAD QUE LOS MUERTOS, AQUELLOS QUE YA ESTÁN MUERTOS, AQUELLOS A LOS QUE LA LETRA LES MATÓ EL ESPÍRITU, ENTIERREN A SUS MUERTOS”

          Busca en lo más profundo de tu silencio y de tu ser. Reconcíliate con el niño que hay en ti y VIVE ¡SIN MÁS!. Este niño interno te devolverá el paraíso... Este niño se sobrecoge cada vez que, buscándote fuera, pronuncias la palabra “YO”... Más, sonríe gozoso cada vez que desde lo más intimo de tu ser dices “NOSOTROS”. Y es que, este niño es el mismo en todos y cada uno de nosotros. El mismo que se manifestó en aquél hijo de carpintero, y que, con la simplicidad de sus argumentos sorprendió y desarmó a los sabios y eruditos del templo; y que, cuando se manifestó en él en toda su plenitud alcanzó “LA CONSCIENCIA CRÍSTICA”.

          Este es tu “CRISTO” interno. Cristo no es un personaje, sino un estado, una forma de consciencia absoluta y holística. Es tu “chispa” divina. Que solo podrá manifestarse en ti cuando al fin asumas plenamente tu naturaleza humana. Solo asumiendo plenamente nuestra dimensión humana podrá manifestarse en nosotros la divina. Se por tanto, simplemente aquello que eres. Porque el pecado no es sino, PRETENDER SER O PRETENDER DEJAR DE SER. SÉ ¡SIN MÁS!. Todo lo demás “SE TE DARÁ POR AÑADIDURA”. Sucederá por si mismo... Y es que, el hombre ¡YA ES PERFECTO!. Solo que, ¡¡NO ES CONSCIENTE DE SU PERFECCIÓN!!

          Y creyéndose imperfecto, al buscarla, al perseguir la idea que tiene o se le inculcado de la perfección, no permite que esta se manifieste en él, pues, la perfección es: SER, SIMPLEMENTE, AQUELLO QUE SE ES...NI MÁS, NI ¡MENOS!

Antonio Coll

 

   

 

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