*Nuestros amigos Daniel y Patricia, nos han enviado este interesante material de Alberto Spataro en donde nos narra unos extractos de su vida y su relación con el Cerro Uritorco. Agradecemos a Daniel y Patricia el enviarnos la foto que adorna este artículo.   

Extractos de "Último tren a Casa" Alberto Spataro Ediciones Silzú

Prólogo de Enrique Barrios

No se trata aquí simplemente de una abrumadora experiencia relacionada con las luces cósmicas de los alrededores de Capilla del Monte. También el ejemplo -real- de los protagonistas por salir de una vida con el brillo del oropel, pero en realidad vacía, frustrante, extenuante y vulgar, confiando simplemente en un sentir interno, en una indefinible necesidad del alma, hace recordar la lucha de Juan Salvador Gaviota por escapar del basural en donde la bandada se alimenta, y remontarse hacia los cielos. Esta batalla espiritual -que para cada cual tendrá un contexto distinto- también está simbolizada por varios mitos, gestas y epopeyas que el autor -muy bien documentado en la materia- pone de relieve, explica y, lo que es mejor, ejemplifica con su propia vida.

El lector intelectual, que a veces se desanima ante las vaguedades que suele encontrar al echar un vistazo en los movedizos terrenos de la Nueva Era, el esoterismo y la espiritualidad moderna, dispone aquí de un valioso panorama en donde el sentido superior de todo ello es puesto de relieve en forma clara y sencilla, y cotejado profusamente, tanto desde un punto de vista científico como espiritual.

Y otros lectores, ya inmersos en la gran Ola del cambio de conciencia, a su lectura podrán racionalizar y comprender con mayor claridad una serie de impulsos, intuiciones y procesos -internos y externos- que perciben en sus vidas, que antes no podían explicar o explicarse satisfactoriamente, y que tienen que ver con el fin de una Era (o forma de conciencia) y el comienzo de otra, y con la labor que a cada cual le cabe dentro de ese majestuoso movimiento planetario que se desarrolla en estos momentos ante nuestros ojos.

Sintetizando, esta obra -de alto vuelo y pies en la tierra simultáneamente- posee una tremenda capacidad esclarecedora con respecto a los nuevos paradigmas de esta humanidad.

Cabe destacar el vasto caudal de documentación, las inquietantes hipótesis planteadas y el florido y grato manejo de nuestro idioma -un arte que tiende a olvidarse-, todo ello en aras de una interpretación de los parámetros del actual salto de conciencia o espiritual. Pero además, Spataro nos regala una cautivante experiencia -mítica o no, como el viaje de "Pedrito" en un ovni junto a Ami- inserta en el naciente o renaciente ¿míto? indoamericano y cósmico: la fabulosa ciudad de Erks.

Quiero destacar que yo mismo, de la mano de un guía (distinto al aquí esbozado), tuve en 1989 la misma experiencia relatada, en el mismo lugar, con idénticos portentos externos y sensaciones internas. Cánticos y mantrams en el lenguaje cósmico en la noche helada, el avistamiento de las gigantescas luces emergiendo por doquier, las Tres Paradas y la visión de la ciudad a la distancia.

Igual que el autor, mi mente se debatía entre "maravilloso milagro" o "monumental engaño". Porque el impacto es rotundamente aplastante, y la mente tridimensional no acepta fácilmente un raudal tan grande de prodigios que escapan a lo conocido. Quedé maravillado, pero dudando.

Al otro día predominó en mí un "no puede ser" y decidí que aquello tuvo que haber sido un equívoco, y no quise volver a recordarlo. Pero hoy, luego de revivir con emoción esa experiencia al verla reflejada tan fielmente en el manuscrito de esta obra, hoy no estoy tan seguro. Tendría que ir de nuevo de noche al lugar. Es cierto que en 1996 me radiqué por siete meses en Capilla, pero no apareció en mi camino, como antes, un guía trayendo en su mano la llave del candado del portón de varas y alambre que aquí se describe. Aunque tuve otras experiencias por allí cerca. De ellas, en su mayor parte, nació mi reciente obra, "Civilizaciones Internas", otro producto, igual que este libro, de la magia de Capilla del Monte.

Enrique Barrios

CAPÍTULO 1

La interminable fila de automóviles, uno pegado al otro, se extendía desde la bajada de la avenida General Paz, en el nacimiento de la avenida Lugones, hasta casi el Aeroparque Metropolitano, semejando una enorme y rugiente serpiente mecánica de varios kilómetros de longitud, conformada por los miles de coches que, como metálicas escamas multicolores, esperaban ansiosas ponerse en movimiento.

Eran las 08:10 de una mañana del mes de diciembre de 1990, y yo, como la multitud de ejecutivos que a esa hora se dirigían al centro de la ciudad para comenzar una nueva jornada de carreras y stress, me revolvía en el asiento

de mi automóvil, maldiciendo tan mala forma de comenzar ese día.

Para colmo, precisamente para esa mañana, el Directorio del grupo empresario para el que trabajaba había programado una de las insoportables reuniones de planificación con los gerentes de las distintas áreas, y resultaba casi inconcebible, y hasta cierto punto sumamente peligroso para la continuidad laboral de los convocados, llegar tarde a un cónclave dispuesto por la máxima jerarquía de la empresa.

Comencé a sentir ese conocido retortijón a la altura de la boca del estómago, presagio de los terribles cólicos que acostumbraba a padecer cuando las cosas se salían de sus carriles, escapando de mi dominio y provocando que mi sistema nervioso entrase en crisis.

El motor del coche se recalentaba, también mi incipiente proceso digestivo matinal, que me recordaba con claridad meridiana los alimentos que había ingerido, como siempre a las apuradas, durante el desayuno.

La ansiedad general, al igual que la fila de automóviles, crecía con cada minuto que pasaba, y la histeria colectiva ante esa circunstancia, fuera del control de quienes la padecíamos, hizo que en determinado instante, casi mágicamente, miles de bocinas comenzaran a sonar al unísono, desatándose una infernal cacofonía y añadiéndole un grado más, si eso fuese posible, a la tensión reinante.

Sobre mi izquierda se encontraba detenido y vociferando como enajenado mental un conocido agente de Bolsa, con quien recordaba haber compartido algún almuerzo de negocios. A mi derecha, y unos pocos coches más atrás, divisé al jerarca de un grupo financiero, con el que debería mantener una reunión por el tema de seguros esa misma tarde. Nos saludamos tibiamente con la mano. En su mirada encontré el mismo nerviosismo y ansiedad que yo estaba padeciendo. Me hizo señas con la cabeza para que llevara mi atención hacia un lujoso automóvil importado que se encontraba un poco más adelante. Descubrí con sorpresa que al volante se encontraba el director de cuentas de la empresa de asesoramiento en seguros, con quien, junto al banquero, mantendríamos por la tarde esa importante reunión de negocios.

Parecía una escena surrealista. Imaginé que tranquilamente podríamos haber apagado los motores de nuestros vehículos, habernos sentado sobre el borde de la autopista y avanzar en los temas que horas mas tarde tendríamos que abordar en la lujosa oficina del asegurador.

Movido por la curiosidad atisbé entre los automóviles cercanos para ver si encontraba otros conocidos que se hallaran en el mismo e incómodo trance y, cosa curiosa, divisé a varios amigos y colegas a los cuales, en circunstancias normales, hubiera sido casi imposible reunir a la misma hora y en el mismo lugar.

Bien mirada, la situación hubiera resultado francamente divertida si no me estuviese aguardando esa famosa reunión de directorio a la cual, definitiva e irremediablemente, llegaría tarde. Ese solo pensamiento excitó de tal manera mi sistema digestivo que, enervado, respondió enviándome una bocanada de fuego que, subiendo desde la boca del estómago iría a estallar en mi garganta, enrojeciéndome las facciones y haciéndome lagrimear los ojos. Y en ese momento, en ese preciso y maravilloso instante, se produjo una explosión en mi mente, un relámpago de entendimiento, una suerte de iluminación súbita que estaría encaminada a modificar radicalmente el curso de mi vida.

Porque en ese exacto momento, «algo» o «alguien» me mostró la estupidez e irrealidad de la situación por la que estaba atravesando. En un «flash» que se da pocas veces en la vida alcancé a darme cuenta, vi con una claridad absoluta la paradoja existencial en la que está comprometida gran parte de la humanidad, consistente en que a mayor progreso económico, cuanto más se va escalando en la pirámide social y, o productiva, menor es el tiempo del que uno dispone como persona, como ser humano, y que bien mirado, es el sustrato en el que está basado todo el sistema económico-consumista de la actual sociedad, que provoca que el individuo se haya convertido en esclavo de sus conquistas y en rehén de sus propias y artificiales necesidades.

Lenta y suavemente comenzó a invadirme una extraña somnolencia, un raro sopor que me hacía deslizar, como por un onírico tobogán, hacia inexploradas regiones de mi conciencia, en donde percibía una especie de ego interno, una Presencia, que en lo profundo de mi Ser me formulaba preguntas acerca del sentido que le estaba dando a mi vida, y similares cuestionamientos existenciales y metafísicos, impensables de abordar en medio de la vorágine de una alocada mañana de Buenos Aires. Pero en ese instante, al que un poco pomposamente voy a catalogar como mágico, olvidándome de la estúpida reunión de directorio, y sin importarme un bledo mi inexorable tardanza, me abandoné a reflexiones y preguntas que hacía muchísimos años no me planteaba.

En aquella bendita mañana tenía yo treinta y nueve años y había logrado lo que, para mis familiares y conocidos, era una envidiable situación económico laboral. La vida parecía sonreírme: era el gerente de una conocida compañía de seguros, integrante de un poderoso grupo empresario, y a pesar de proceder de un hogar de clase media, había escalado en forma vertiginosa en la pirámide económica, lo cual me permitía vivir con holgura en un lujoso edificio de departamentos frente al Río de la Plata, ubicado en la residencial y elegante zona norte del Gran Buenos Aires.

Participaba en aquel entonces de un estilo de vida asociado con el éxito económico y profesional. Compartía almuerzos de trabajo con el jet set empresarial, ocasionales torneos de golf con dueños o directores de empresas líderes, y diversiones nocturnas en las discotecas de moda.

Mucho, quizá demasiado para un muchacho nacido en el humilde barrio de Boedo.

Y ciertamente no me iba mal. Todo aquello por lo que había luchado, fruto de los estudios y el esfuerzo realizado, estaba al alcance de mi mano.

«Pero, ¿a eso se resume la vida?», alcancé a preguntarme en ese instante fugaz. «Esta colección de objetos materiales y meras satisfacciones económicas, ¿le dan sentido a la existencia? ... ¿Y el precio?».

Hasta ese inefable momento estuve convencido de querer pagarlo, pero a partir de esa suerte de iluminación interna percibida en el grotesco atolladero en el que me encontraba, esa falsa certeza me abandonó.

Era y me sentía joven, cosa curiosa, mucho menos que al momento de escribir este libro, y me vi preguntándome a mi mismo:

«¿Cuántos años tendrás que resistir presiones como las que hoy te acosan? Y suponiendo que resistas y logres esquivar las úlceras y los infartos que acechan enmascarados en "meetings" y planeamientos, ¿te ves a ti mismo cumpliendo y satisfaciendo esta loca y estúpida rutina durante veinticinco o treinta años más?».

Y algo que minutos antes no estaba ni siquiera esbozado, se abrió paso en mi mente y en mi corazón con el empuje y la fuerza de un poderoso huracán.

«¡Nooo!» grité para mis adentros, casi al borde de la desesperación, «basta para mí, pido un SOS, hasta aquí llegué, y esta maquiavélica, demencial y asfixiante red de compromisos ¡no la aguanto más!».

(...)

Lo más sobresaliente de su relato tuvo lugar cuando contaron que muchas de las prácticas llevadas a cabo se emparentaban y tenían su correspondencia con similares trabajos realizados en un lugar de especial energía en nuestro país. Intercambiando miradas cómplices con los dueños de casa en busca de su aprobación para avanzar sobre un tema tan poco cotidiano, Lucía nos refirió que en la década de los 70 y parte de los 80, Trigueirinho realizaba frecuentes viajes a la Argentina para visitar a un enigmático sujeto, mezcla de médico, chamán y carismático ser que afirmaba estar en comunicación con seres ultradimensionales, a quien la imaginería popular de la zona le atribuía extraños poderes y curaciones milagrosas: Angel Cristo Acoglanis. Este misterioso personaje fue asesinado a finales de los 80. Muchos lo conocían por el sobrenombre de «El Griego», y aún en la actualidad su recuerdo es depositario de fantásticas historias. Él aseguraba incorporar una entidad suprahumana llamada Sarumah, nexo con habitantes interdimensionales y llave maestra para acceder a ERKS, una fantástica ciudad intraterrena. Acoglanis, «El portero de Erks», según lo llama el propio Trigueirinho en varios de sus libros, tuvo un nutrido y disímil grupo de incondicionales seguidores, algunos de los cuales actualmente siguen operando por cuenta propia. Pero la cuestión que despertó nuestro mayor interés tuvo lugar cuando Roberto, quien había tomado la posta en el relato, reveló ante su atento y expectante auditorio que ese famoso «lugar de poder», sede de las prácticas y meditaciones de Sarumah, y reverenciado por Trigueirinho en sus peregrinaciones a nuestro país, se halla emplazado a pocos kilómetros de Capilla del Monte...

(...)

Y no obstante el previo conocimiento del terreno y el vívido recuerdo de los tres encuentros anteriores, esta nueva incursión por los cerros volvía a movilizar nuestro espíritu con la misma potencia arrasadora de la primera vez.

Acomodados en la desvencijada camioneta, por suerte en esta oportunidad con mayor holgura, nos preparamos para recorrer las distintas estaciones.

Ya, apenas trasponer el recordado portón que franqueaba la entrada hacia la primera parada, Andrea y Delfi principiaron con sus cánticos:

Convocados ya por la Luz

de los Amados Hermanos

vamos, vamos, aquí vamos

 

A los hermanos de Erks

sumamos nuestro Amor

a los Hermanos de Erks

sumamos nuestra Fe

Hilario replicó de inmediato con su hermosa voz, en Irdin, ese arcaico y olvidado idioma cósmico, dando inicio así a la ceremonia de la primera parada.

Guana Iamanuak

Guana Iamanuak

Guana Iamanuak

Ene Guanaiuk

Ene Guanaiuk

Ene Guanaiuk

Ene Guanaiuk

 

Guana Iguaikuana

Guana Iguaikuana

Guana Iguaikuana

 

Guana Guanta Manuana Ikú

Guana Guanta Manuana Ikú

Guana Guanta Manuana Ikú

Dos espectaculares luminarias que nos acompañaban desde hacía varios minutos, semejantes en brillo y refulgencia al lucero de la mañana, aunque muy diferentes al resto de las estrellas que esa noche tachonaban el firmamento, como respondiendo a los mantrams entonados, imprevistamente, ¡duplicaron su tamaño!

Tras un instante, y al influjo de nuevas invocaciones de Hilario, aparecieron otras luces, que encendiéndose y apagándose fueron a tomar posición en lugares específicos del cerro.

—Están creando un anillo magnético de protección —instruyó Andrea.

—¡Suatumana! —exclamó Hilario con los brazos en alto.

—¡Suatumana! —balbuceamos por nuestra parte, en voz baja, imitando el saludo cósmico.

De improviso, Hilario profirió un agudísimo silbido perforando la quietud de la noche, para luego emprenderla con una serie de codificados pitidos y resoplidos de inverosímiles tonos, frecuencias y modulaciones, que tuvieron un instantáneo efecto en dos de las naves que se encontraban frente nuestro, las que contestaron envolviéndonos en un fuerte destello de luz anaranjada.

Y a pesar que creíamos estar mejor preparados para estas fantásticas manifestaciones en este nuevo encuentro, no pudimos menos que quedar estupefactos ante el fabuloso diálogo que parecía desarrollarse por medio de silbidos y fulgores.

—Ahora van a armonizar nuestras vibraciones personales y, por resonancia, alinear electrónicamente nuestros cuerpos atómicos —dijo Hilario una vez concluido su silbado parlamento—. ¡Miren hacia arriba! —señaló.

Tres inmensos cúmulos nimbus que, a la par que se iban autoformando ante nuestros maravillados ojos, procedieron a tomar posición por encima de nuestras cabezas. Atónitos, advertimos que espectaculares marejadas energéticas se desarrollaban en el interior cada una de estas increíbles formaciones de apariencia nubosa, creando rayos y centellas que recorrían su superficie a lo alto y a lo ancho, intercambiándose entre ellas fulmíneos chispazos que generaban gigantescos arcos voltaicos.

Tras unos minutos, y muy lentamente, dos de ellas fueron desplazándose, una hacia la izquierda, otra a la derecha, permaneciendo la tercera encima nuestro.

Lo más sorprendente -si es que alguna cosa pudiese sorprendernos más que otra- era que la bóveda celeste, a excepción de estas columnas nubosas, surgidas quien sabe desde qué universos, permanecía por completo despejada, tachonada por millones de estrellas que brillaban por doquier.

Por un instante se me ocurrió pensar que desde Capilla del Monte deberían tener la visión de una poderosa tormenta eléctrica en gestación. Entretanto, todos permanecíamos boquiabiertos, en expectante y fascinado silencio. Sólo Hilario, por lo bajo, balbuceaba un mantram.

Transcurridos algunos minutos, las dos «nubes» posicionadas a nuestros costados comenzaron a difuminarse, para ir desapareciendo muy despacio, tan misteriosamente como habían llegado. La restante, que continuaba sobre nuestras cabezas, comenzó a dejar caer una «lluvia» de hilos energéticos, evidentes y concretos ante nuestros ojos, aunque de consistencia y textura impalpable.

Nadie osaba pronunciar una palabra, nadie emitía un sonido siquiera, ninguno se atrevía a moverse, hechizados, bajo ese etérico chaparrón.

No sé si habrá sido mi imaginación, pero creo que, por largos minutos, hasta dejamos de respirar.

Andrea, desgarrando ese mágico momento, comenzó a salmodiar un nuevo cántico.

Ai Muna Iaimanatu

Orando en Tu Templo

Kaikuana Amaiki

Mi Sacerdote Mayor

Moi Saiuna Temikuana

Mis Hermanos en silencio

Ari Simiti Imina

Nos piden esta oración

Delfi e Hilario se unieron a los cantos devocionales, mientras Moni, Ricardo y yo, profanos en el cósmico idioma, guardábamos respetuoso silencio.

—Suatumana —saludó Hilario, levantando sus brazos cuando terminaron sus devociones—. Vamos a la segunda estación —conminó.

—Suatumana —saludamos nosotros, atreviéndonos con el Irdin.

Tras andar algunos pocos minutos llegamos al sitio prefijado, encontrándonos en esta segunda parada con una visión sencillamente sobrecogedora.

Una infinidad de luces evocaban el recuerdo de edificaciones terrestres iluminadas a pleno. Las inmateriales construcciones, de baja altura e imprecisos contornos, parecían sugerir una disposición radial, convergente hacia un centro donde se levantaba, resplandeciente, con un hermoso disco azulado coronando su cúpula, el Templo de la Esfera.

El soberbio espectáculo de la mítica metrópolis, la mística ciudadela de Erks, enjaezada con brillantes tonalidades y custodiada por una docena de naves, entidades cósmicas o lo que quiera que fuesen, en medio de esa clara y estrellada noche, embotaba nuestros sentidos, emocionándonos hasta el punto de hacernos caer en el embeleso, sumiéndonos en un profundo y maravilloso éxtasis de unificación con la Inteligencia Creadora.

Luego de los consabidos cantos y plegarias, Hilario se retiró hasta una roca situada sobre el borde mismo de la montaña, entrando en profunda meditación para establecer contacto telepático con los Hermanos.

Delfi nos sugirió que tratáramos de imitarlo, procurando aquietar nuestros pensamientos y emociones.

Mientras intentaba seguir su consejo, empecé a percibir que algo no funcionaba del todo bien en mi corazoncito, un desbocado galopar en mi pecho me hizo caer en un súbito ataque de pánico. Al instante, una repentina ola de calor comenzó a recorrerme todo el cuerpo, secándome la garganta, que adquirió la consistencia del cartón, mientras un frío sudor perlaba mi frente..................

Alberto Spataro

 

 

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